¿Con que personaje histórico pasarías un día de aislamiento?

¿Con que personaje histórico pasarías un día de aislamiento?

Gust a Terra

març 31, 2020

¿Con que personaje histórico pasarías un día de aislamiento?

Desde Gust a Terra os hemos propuesto un juego para los amantes de las letras, inspirados con el libro de Giovanni Boccaccio “Ell Decameron”.

Cada semana os estamos proponiendo un tema.

Cada semana os estamos proponiendo un tema. El de la semana pasada fue: ¿Con que personaje histórico pasarías un día de aislamiento?

Estamos contentos porque, aunque no se ha colapsado del correo, hemos recibido algunos escritos, tanto en catalán como en español y eso nos permite hacer un post distinto en cada lengua.

En castellano, hemos escogido el de David Monteagudo. Descubramos con que personaje histórico pasaría un dia de aislamiento

Os dejamos la transcripción del relato, agradeciendo muchísimo la participación.

Entre los muchos regalos, enlaces y ofrecimientos que abarrotan mi teléfono móvil —estos días en que la alta cultura ha abierto sus puertas virtuales en una especie de orgasmo de solidaridad—, me llegó uno que, por la sobriedad y la contundencia de su propuesta, despertó mi curiosidad. Una frase limpia y rotunda destacaba entre la acostumbrada maraña azul de letras y barras inclinadas: «pase un día de confinamiento con su personaje histórico favorito». Pinché en el enlace. Me perdí un poco intentando descifrar el nombre de la web, que venía en inglés, pero deduje que se trataba de algún tipo de institución internacional, dedicada a la difusión de la Cultura, así, con mayúsculas. El diseño de la web era muy austero, muy solemne; pero el formulario se podía rellenar, entre otros idiomas, en español.
Medio en serio medio en broma, empecé a seguir las indicaciones; vi que, entre las categorías que se ofrecían había una que decía “escritores”, pero no se abría ninguna lista, sino que tenías que escribir en un espacio el nombre del escritor que tú quisieras. Con una sonrisa en los labios, escribí un nombre y un apellido; pensaba en cómo se reirían mis amigos del programa de radio, y en el cachondeo que se traen cada vez que doy rienda suelta a la veneración que siento por el que tal vez sea mi escritor favorito. Cuando apreté “enviar” se abrió una pantalla en la que, tras unos segundos con el típico icono en movimiento para indicar la espera, apareció el siguiente texto: «El señor Vladimir Nabokov aparecerá en su domicilio mañana por la mañana. Evidentemente, la garantía sanitaria es total; el señor Nabokov no sólo viene de otro país, sino también de otra época». Como ya no había más opciones, salí de la página. “Tengo que acordarme mañana de entrar otra vez —pensé yo—; a ver si es verdad que puedo chatear con Nabokov, parece que no les falta el sentido del humor”, pero lo cierto es que a los pocos minutos me había olvidado del asunto, y al día siguiente, cuando —a las diez de la mañana—sonó el timbre de la puerta, fui a abrir convencido de que el que llamaba era algún vecino de la escalera. Pero no.
Muy elegante, con abrigo oscuro, traje gris claro y corbata, con gafas y sombrero, allí estaba Vladimir Nabokov, el Nabokov bronceado y próspero de mediados de los sesenta, el que ya vivía en Montreux, oliendo a algún agradable perfume varonil, con matices de tabaco, y pronunciando “buenos días” en un español más que aceptable, seguido de mi nombre completo con entonación interrogativa. Por absurdo que parezca, desde el primer momento supe que era él, no tanto porque se parecía al de las fotos, al de la famosa entrevista que le hizo Bernard Pivot en Apostrophes —y que yo había visto decenas de veces—, como por su actitud, que desde el primer momento fue la de alguien que tenía que cumplir con una obligación —que no le resultaba precisamente agradable— con la máxima cortesía y corrección pero sin perder en ningún momento su dignidad. Después de unos instantes de perplejidad, en los que me quedé bloqueado por la sorpresa, le hice pasar, y empecé a disculparme por el desorden y la dejadez que reinaba en mi pequeño piso. Pero él me dio a entender, más por gestos que por palabras, que no tenía ninguna importancia, y que lo único que quería era dejar en algún sitio el abrigo y la cartera, un portafolios de cuero negro, aparentemente repleto de papeles. Ante mi pregunta de si se quedaría a dormir, se apresuró a aclarar que se iría inmediatamente después de la cena, y que además necesitaba dedicar dos o tres horas a su trabajo en el transcurso del día. ¡Yo quería decirle tantas cosas! Quería decirle que ya lo sabía, que ya sabía que él también había conocido la pobreza, o al menos la precariedad, cuando vivió en París o en Berlín, y que la estrechez de mi vivienda no le sorprendía en absoluto; quería decirle que comprendía perfectamente que tuviera que trabajar, y que además yo sabía en lo que estaba trabajando: en “Pálido fuego” y en la monumental traducción al inglés del Eugenio Onieguin de Pushkin. Quería decirle que era el único autor del que no había parado hasta conseguir todos sus libros, una obra que releía cíclica, constantemente, desde hacía años, porque leerla siempre me producía un extraordinario placer; quería decirle que la lectura de “Lolita” a mis veintipocos años, fue una iluminación que removió toda mi vida y marcó una década entera de mi existencia. Quería decirle que conectaba muy bien con él, con su inteligencia, con su sentido del humor, y que captaba todos sus guiños, todas sus claves internas, como si las hubiera escrito para mí. Quería decirle que tal vez “Pnin” era, de entre sus ficciones, la que más me gustaba, más incluso que “Lolita”, y que “La defensa” era la mejor novela que se había escrito jamás sobre el mundo del ajedrez (y no otra obra de título obvio de cierto escritor alemán). Quería decirle todo eso y más, pero resultó que su español se limitaba a unas pocas frases protocolarias, a algunas palabras sueltas que pronunciaba, eso sí, con sorprendente corrección. Pero eso yo ya lo sabía, como sabía que —a parte de su ruso nativo— él hablaba perfectamente el francés i, evidentemente, el inglés (dos lenguas que yo tan solo chapurreo), y que si yo hubiera hablado alemán nos habríamos entendido, a pesar de la poca simpatía que le despierta ese idioma.
En fin, acabamos hablando en inglés —que ahora tengo un poco más fresco, porque lo estoy estudiando—, y recurriendo al francés, al español y hasta al italiano cuando alguna palabra o alguna expresión se nos resistían. Y todo esto para cuestiones prácticas, en el imprescindible intercambio de preguntas y respuestas destinadas a su acomodo en mi casa durante un día. Él mantenía su tono de amabilidad lacónica, un tanto distante, y yo no quise importunarle, no quise hacerle preguntas o declaraciones de admiración que seguramente le han hecho un montón de veces. No quise comportarme como el típico fan. Hice… lo que al final acabo haciendo para todos mis invitados: facilitarle las cosas, cocinar, hacer que se sintiera cómodo. Le acondicioné un espacio apropiado, al lado del balcón, para que pudiera trabajar con luz natural, y empecé a preparar la comida. Y era un placer, mientras cocinaba, ver cómo trabajaba en sus fichas —las mismas que yo había visto en tantas fotos—, con un lápiz muy afilado, mientras otros cuatro o cinco lápices, igualmente punzantes, aguardaban sobre la mesa en disciplinada formación.
Le encantó la tortilla de patatas, de la que repitió sin cumplimientos, y aunque apenas comió pescado nos bebimos entre los dos una botella de un buen tinto que tenía por ahí. Después durmió la siesta, y por la tarde trabajó un poco más, y entonces sí, cuando acabó, con ese bienestar que da el deber cumplido, se interesó por la cena, y por alguno de los cuadros que tengo colgados en las paredes. Cenamos temprano, y después, como le vi a gusto y relajado, le ofrecí un Whisky bastante bueno que me regaló un amigo y solo saco en ocasiones muy especiales. Al final no se marchó inmediatamente después de cenar; se quedó dos o tres horas más, y entonces sí que hablamos. Mi inglés se había ido agilizando a lo largo del día, y el Whisky hizo el resto. Sólo entonces le hablé de sus libros, sólo entonces le dije que yo también era escritor. Pero sobre todo escuché, porque él también me contó muchas cosas.
Pero acerca de eso no puedo escribir nada, porque una promesa es una promesa, y más cuando se hace entre caballeros.

Reto para esta semana.

Reto para esta semana: ¿Con que personaje mitológico pasarías un día de aislamiento?

Manda tus relatos a info@gustaterra.com y entre todo hagamos estos días más llevaderos.

Gust a Terra com el #yomequedoencasa

IMPORTANTE: Por problemas disléxicos durante todo el vídeo pronuncio mal el nombre del escritor. El personaje histórico es Vladimir NABOKOV.

Perdón por la errata.

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